
Lorena Patacón se levanta cada 24 horas, ella es bombero, su turno dura un día y una noche, entra a las 8:00am y sale el siguiente día a la misma hora.
Cuando duerme en su casa, se despierta al lado de su esposo, lo abraza y a las 6 de la mañana en punto, suena el tic-tac del reloj que se une con la alarma del despertador.
Esta mujer de ojos claros y pelo rojizo, se levanta para arreglar a su pequeña que sólo tiene 4 años de edad.
La niña, ella y el esposo están listos, salen de la casa, caminan dos cuadras y la chiquita se queda en el jardín esperando que sea la 1:00pm para que la recoja su madrina.
Mientras tanto, Lorena Patacón llega a la estación junto con su esposo Andrés Romero, un bombero de 30 años.
A las 9 desayunan, se sientan y pasan horas, para que empiecen a sonar las estresantes sirenas, que como dice Patacón esperan nunca oír.
Sin embargo, suenan entre cinco y diez veces al día.
Cuando se enciendes estas sirenas, Patacón, su esposo y sus amigos se deslizan por un tubo, y la adrenalina los inunda: “El corazón alcanza a latir rápido, hay miedo, pero es ese miedo el que nos hace hacer las cosas con seguridad, aprendes a no medir riesgos y es entonces que salvas vidas” –dice Patacón.
Con una sensación extraña y poco usual se suben al camión, se visten en el camino, se colocan botas, pantalón, chaqueta, casco, guantes y el equipo de respiración que contiene una mascara con una botella que les proporciona oxigeno durante 30 minutos.
La función de dicho traje es proteger y retardar la radiación, sin embargo en ocasiones sienten que se queman, porque la tela no logra evitar el calor.
Pero esta no es la única incomodidad que viven estos héroes, Patacón cuenta que el equipo le impide el movimiento, ya que pesa de 15 a 16 kilos.
“Aunque no todo es esfuerzo físico, muchas veces la limitación que vivimos es grande”– asegura Patacón, quien en una ocasión escuchó morir a un hombre que gritaba y pedía auxilio: “No logramos llegar a tiempo, de un momento a otro dejamos de escuchar su voz y supimos que había muerto”- agregó.
En medio de situaciones como éstas, lo cuerpos de socorro no tienen tiempo para llorar o lamentar lo que no lograron hacer por alguien, la situación es tan complicada que la solución es seguir, llenarse de valentía y salvar a los que quedan.
“Cuando uno salva a alguien de las llamas, siente una inmensa alegría, la felicidad es plena para uno y para la familia del herido”-mensionó.
El único obstáculo con el que se encuentra Patacón y sus compañeros, es un pito, muy agudo, que se activa como señal de alerta cuando el oxigeno se les acaba.
Patacón y sus compañeros, no sólo apagan incendios, también atienden escapes de gas y rescatan personas que quedan atrapadas en los choque automovilísticos de la ciudad.
“Cuando hay accidentes y la gente está atrapada, no es algo fácil, te piden auxilio y te ruegan que no las dejes morir, te hablan de sus hijos y eso no es fácil, entonces haces lo que sea para que queden con vida” –comenta Patacón, quien afirma, que un motivo de satisfacción es entregar a la ambulancia un hombre o una mujer con vida.
Cuando Patacón ha atendido mínimo 2 emergencias en las horas de la mañana, almuerza y vuelve a su rutina, para después comer en la noche y seguir atendiendo otros casos.
A pesar del arduo trabajo, acepta que tiene tiempo para pensar y recordar los días de su infancia, aquella época en la que jugaba en la estación de bomberos de Puente Aranda, ubicada cerca al trabajo de sus padres.
Seguramente esa niñez fue la pauta para que esta mujer de 28 años de edad decidiera ser bombero: “Siempre viví en ese mundo, hace 8 años hicieron una convocatoria yo pase los papeles, entre, y mi sueño se hizo realidad”.
Ese sueño que ha hecho de esta mujer una persona con carisma, amor y pasión hacia su trabajo.
Cuando duerme en su casa, se despierta al lado de su esposo, lo abraza y a las 6 de la mañana en punto, suena el tic-tac del reloj que se une con la alarma del despertador.
Esta mujer de ojos claros y pelo rojizo, se levanta para arreglar a su pequeña que sólo tiene 4 años de edad.
La niña, ella y el esposo están listos, salen de la casa, caminan dos cuadras y la chiquita se queda en el jardín esperando que sea la 1:00pm para que la recoja su madrina.
Mientras tanto, Lorena Patacón llega a la estación junto con su esposo Andrés Romero, un bombero de 30 años.
A las 9 desayunan, se sientan y pasan horas, para que empiecen a sonar las estresantes sirenas, que como dice Patacón esperan nunca oír.
Sin embargo, suenan entre cinco y diez veces al día.
Cuando se enciendes estas sirenas, Patacón, su esposo y sus amigos se deslizan por un tubo, y la adrenalina los inunda: “El corazón alcanza a latir rápido, hay miedo, pero es ese miedo el que nos hace hacer las cosas con seguridad, aprendes a no medir riesgos y es entonces que salvas vidas” –dice Patacón.
Con una sensación extraña y poco usual se suben al camión, se visten en el camino, se colocan botas, pantalón, chaqueta, casco, guantes y el equipo de respiración que contiene una mascara con una botella que les proporciona oxigeno durante 30 minutos.
La función de dicho traje es proteger y retardar la radiación, sin embargo en ocasiones sienten que se queman, porque la tela no logra evitar el calor.
Pero esta no es la única incomodidad que viven estos héroes, Patacón cuenta que el equipo le impide el movimiento, ya que pesa de 15 a 16 kilos.
“Aunque no todo es esfuerzo físico, muchas veces la limitación que vivimos es grande”– asegura Patacón, quien en una ocasión escuchó morir a un hombre que gritaba y pedía auxilio: “No logramos llegar a tiempo, de un momento a otro dejamos de escuchar su voz y supimos que había muerto”- agregó.
En medio de situaciones como éstas, lo cuerpos de socorro no tienen tiempo para llorar o lamentar lo que no lograron hacer por alguien, la situación es tan complicada que la solución es seguir, llenarse de valentía y salvar a los que quedan.
“Cuando uno salva a alguien de las llamas, siente una inmensa alegría, la felicidad es plena para uno y para la familia del herido”-mensionó.
El único obstáculo con el que se encuentra Patacón y sus compañeros, es un pito, muy agudo, que se activa como señal de alerta cuando el oxigeno se les acaba.
Patacón y sus compañeros, no sólo apagan incendios, también atienden escapes de gas y rescatan personas que quedan atrapadas en los choque automovilísticos de la ciudad.
“Cuando hay accidentes y la gente está atrapada, no es algo fácil, te piden auxilio y te ruegan que no las dejes morir, te hablan de sus hijos y eso no es fácil, entonces haces lo que sea para que queden con vida” –comenta Patacón, quien afirma, que un motivo de satisfacción es entregar a la ambulancia un hombre o una mujer con vida.
Cuando Patacón ha atendido mínimo 2 emergencias en las horas de la mañana, almuerza y vuelve a su rutina, para después comer en la noche y seguir atendiendo otros casos.
A pesar del arduo trabajo, acepta que tiene tiempo para pensar y recordar los días de su infancia, aquella época en la que jugaba en la estación de bomberos de Puente Aranda, ubicada cerca al trabajo de sus padres.
Seguramente esa niñez fue la pauta para que esta mujer de 28 años de edad decidiera ser bombero: “Siempre viví en ese mundo, hace 8 años hicieron una convocatoria yo pase los papeles, entre, y mi sueño se hizo realidad”.
Ese sueño que ha hecho de esta mujer una persona con carisma, amor y pasión hacia su trabajo.
FOTO: http://www.enlineadirecta.info/fotos/bomberos3.jpg
KRO
1 comentario:
Hola mi Kro
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